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domingo, 18 de agosto de 2024

Dora no está en venta
[Actualización de un texto originalmente publicado en Trafkintu en 2020]

Escena de The Elephant man (1980) de David Lynch

No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.

  Entre los fantasmas de la nostalgia que levanta el aislamiento, pienso en la lectura en el transporte público. Una actividad que recuerdo, en parte, enmarcada en viajes nocturnos en el Directo Once-Zárate. Relatos en el celular, con la ruta iluminada y música ochentosa curada por los choferes. En una noche del 2016, descubro a Mariana Komiseroff y a su Dora no está en venta a través de una publicación sobre el proyecto Audiocuento, una plataforma con el contenido que su nombre indica, también con ficciones por escrito y con distintas ilustraciones. Hacer clic y escuchar significaría para mí, luego, un suceso, un antes y un después. Hay en ese texto imágenes que había encontrado en las películas que me gustaban, pero que, hasta el momento, no había leído. O no había leído así. Leerlo implicó identificar eso que quería seguir encontrándome en la literatura: el monstruo. La afectación fue tal que en el verano decidí que el tema del taller de escritura que venía dando todos los años sería el de la monstruosidad, obviamente con Dorita en el material. Ese verano nos visitó Susy Shock, a propósito de su Monstruo mío, y nos maravilló. La escritura habilita experiencias fantásticas. 

jueves, 11 de abril de 2024

Dulce et tremendum

[Crítica para cinefreaks]

    En algún rincón grisáceo y sin ventanas de Corea, una mujer revuelve una olla y envenena la comida para que su marido muera pronto y sufra lo menos posible las torturas de la dictadura de Kim Jong-Il, que ya se había llevado la vida de sus hijas. Abandona, luego, ese refugio tétrico dispuesta a morir en su patria, sin huir. Un montaje hace una transición lenta entre su imagen subiendo unas escaleras y la espalda de Mateo, quien habla en español y viste una ropa rosa chicle como acolchonada, mientras sostiene una mochila frente a la puerta: tras haberse fugado de la casa de su madre obsesiva, Libertad, busca volver, como quien retorna a su país natal para morir.

   Se estrena la nueva película de Eduardo Casanova, La piedad (2022). Al ser una coproducción hispano-argentina integrada por realizadores atravesados por el terror como Álex de la Iglesia, Carolina Bang, Florencia Franco y Jimena Monteoliva, y después de películas como Eat my shit (2015) y Pieles (2017), el grotesco asociado al cuerpo entra en el margen de lo esperado.

De perlas verrugosas

    Al ingresar a la sala donde se exhibe Cuerpos mutantes, en el Museo de Arte Moderno, lo primero que se ve —y por su tamaño, lo primero con lo que se choca— es una escultura, una monstruosidad animal. Esta última frase debería plantearse como una pregunta: a primera vista no hay algo que asegure que esta corporalidad verde de espuma poliuretánica, chiclosa, con un inesperado tul rosado, exista en esta realidad en la que persisten categorías como la de especie. Probablemente la altura de Cisne Hiel 27 (Mauro Guzmán, 2021), sus cuatro patas, los cuernos de venado lleven a asociarlo con la animalidad, pero ¿qué es esta tendencia a definir lo que vemos? ¿Qué ocurre con nuestra mirada, con nuestra experiencia del cuerpo, en el roce con lo extraño? 🔗Texto completo escrito con Danila Nieto para Revista Encuadra.