Hay vampiros en el barrio
En Drácula en Campana (1972), una chica en camisón blanco corre, huye de un monstruo... a plena luz del día. Es un cortometraje que el artista local Titi Ramírez filmó con amigos y vecinos en Super 8, y que fue recuperado por Boom Boom Kid. Esta reproduce personajes asociados al terror clásico, un científico compenetrado en sus experimentos, un Nosferatu que persigue a una de sus víctimas y una dama gótica en apuros. ¿Qué clase de joven le abre la puerta a un vampiro? (2026) explora las condiciones de realización del corto. Como si se reconociera un gesto punk genealógico, la película resalta el valor de lo artesanal e insiste en el detalle, contagiando una curiosidad por el hacer artístico en un lugar y tiempo determinados.
En el documental, cuentan que durante el rodaje se habían acercado a la estación de tren de la ciudad con el protagonista montado como Drácula, y que la gente que lo veía se asustaba, como si se tratase de un espectro. Pero lo que a mí me impacta de esa entrevista es que comentan que, en ese momento, alrededor de cien personas viajaban diariamente por ese medio. Las anécdotas que se reúnen en la película construyen una imagen de Campana muy diferente a la del presente, contundentemente más deshabitada.
Por los testimonios y la voz en off, podemos conocer que Drácula es interpretado por un quiosquero, el maquillador es un peluquero que vivía cerca, los efectos prácticos se hacían pidiéndole vísceras al carnicero. El barrio se vuelve un partícipe importante de la realización artística colectiva, como de la memoria de aquella juventud, sus intereses, su forma de vida en los años previos a la última dictadura militar. Su manera de habitar el espacio público. Chani, la vampirizada, lo relata así: jugábamos, y menciona distintos lugares de la ciudad tomados por estos artistas. Hasta la Catedral se pone, en esa época, a disposición de estos jóvenes con ganas de expresarse, experimentar y divertirse.
