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sábado, 18 de enero de 2025


 Besos, fuego y rosas azules para un surrealista popular


En un texto sobre Blue Velvet para el New Yorker, Pauline Kael escribió que David Lynch podría ser “el primer surrealista popular”. Esta crítica de cine es conocida por aportar un estilo de escritura, por así decirlo, más personal; por sus reseñas lapidantes de películas que amamos; en el medio de todo, por adjetivar tajantemente. Surrealista popular parece un sintagma paradójico, por el carácter disidente de las vanguardias, por la institucionalización de las mismas y su aparente inaccesibilidad a lo masivo. Pero cuadra nombrar a Lynch desde lo doble, lo ambiguo. Lo inconexo encontrándose. 


Kael determina que la película es una comedia y compara al director con Frank Capra. Teniendo en cuenta que se trata de quien hizo It’s a wonderful life (1947, traducida como ¡Qué bello es vivir!), a primera vista puede sorprender, pero en realidad tiene mucho sentido. A través de historias que abarcan determinados valores; al apelar a (o construir) una sensibilidad ante conflictos que afectan a la sociedad en su conjunto y resoluciones que implican, de manera idílica, un gran esfuerzo (mayormente individual), Capra instala un imaginario del mito estadounidense. Entonces, si este le da cuerpo al sueño americano, la filmografía de Lynch deforma desde la pesadilla. Pero justamente utilizando los mecanismos de esa misma forma. Se sirve de esa lógica de ensoñación y fantasía para producir una atmósfera de la que estar despertándose, lejos del alivio, se siente como rozar un infierno.


domingo, 18 de agosto de 2024

Dora no está en venta
[Actualización de un texto originalmente publicado en Trafkintu en 2020]

Escena de The Elephant man (1980) de David Lynch

No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.

  Entre los fantasmas de la nostalgia que levanta el aislamiento, pienso en la lectura en el transporte público. Una actividad que recuerdo, en parte, enmarcada en viajes nocturnos en el Directo Once-Zárate. Relatos en el celular, con la ruta iluminada y música ochentosa curada por los choferes. En una noche del 2016, descubro a Mariana Komiseroff y a su Dora no está en venta a través de una publicación sobre el proyecto Audiocuento, una plataforma con el contenido que su nombre indica, también con ficciones por escrito y con distintas ilustraciones. Hacer clic y escuchar significaría para mí, luego, un suceso, un antes y un después. Hay en ese texto imágenes que había encontrado en las películas que me gustaban, pero que, hasta el momento, no había leído. O no había leído así. Leerlo implicó identificar eso que quería seguir encontrándome en la literatura: el monstruo. La afectación fue tal que en el verano decidí que el tema del taller de escritura que venía dando todos los años sería el de la monstruosidad, obviamente con Dorita en el material. Ese verano nos visitó Susy Shock, a propósito de su Monstruo mío, y nos maravilló. La escritura habilita experiencias fantásticas. 

Confinamiento vampírico y viajes imaginarios

[Nota para Corré La Voz] 




Una puesta en escena que se desdobla hacia lo múltiple. La montaña vino a mí se presenta como un díptico para, luego, desbordar los límites de las pantallas. La propuesta consiste en un cortometraje documental que combina performance, música y texto, que se impregna (y vampiriza) las condiciones de un estreno virtual, en vivo, con un público en cuarentena. Asistimos también, entonces, a los efectos de la cámara de video, de la edición, de los espacios cotidianos intervenidos y transitados, de los carteles que titulan, de la narración y sus tonos, del vestuario, de lapsus que dan cuenta del proceso de creación artística. A través de cuidados artificios, se apela a las voluntades poéticas para imaginar lo que haya que imaginar. Unos ritmos folklóricos, una actriz (Rocío Stellato) y un actor (Juan Bermejo) armando un caballo con sillas en un patio, la voz de la narradora (Nadia Sandrone) contando el proyecto son suficientes para generar el rapto que poco después nos hará ver una aparente ruralidad construida en la ciudad.