Besos, fuego y rosas azules para un surrealista popular
En un texto sobre Blue Velvet para el New Yorker, Pauline Kael escribió que David Lynch podría ser “el primer surrealista popular”. Esta crítica de cine es conocida por aportar un estilo de escritura, por así decirlo, más personal; por sus reseñas lapidantes de películas que amamos; en el medio de todo, por adjetivar tajantemente. Surrealista popular parece un sintagma paradójico, por el carácter disidente de las vanguardias, por la institucionalización de las mismas y su aparente inaccesibilidad a lo masivo. Pero cuadra nombrar a Lynch desde lo doble, lo ambiguo. Lo inconexo encontrándose.
Kael determina que la película es una comedia y compara al director con Frank Capra. Teniendo en cuenta que se trata de quien hizo It’s a wonderful life (1947, traducida como ¡Qué bello es vivir!), a primera vista puede sorprender, pero en realidad tiene mucho sentido. A través de historias que abarcan determinados valores; al apelar a (o construir) una sensibilidad ante conflictos que afectan a la sociedad en su conjunto y resoluciones que implican, de manera idílica, un gran esfuerzo (mayormente individual), Capra instala un imaginario del mito estadounidense. Entonces, si este le da cuerpo al sueño americano, la filmografía de Lynch deforma desde la pesadilla. Pero justamente utilizando los mecanismos de esa misma forma. Se sirve de esa lógica de ensoñación y fantasía para producir una atmósfera de la que estar despertándose, lejos del alivio, se siente como rozar un infierno.
Una Dorothy nocturna, una bruja buena que ayuda a los fugitivos de la ley, los eternos 50s en los prometedores 90s, rutas que llevan laberínticamente siempre al mismo lugar. ¿Hacia dónde va este experimento de lugares comunes invertidos? A la pregunta sobre de qué materiales están hechos los sueños de una población. ¿De películas? Del cuero de una campera, de un labial rojo-inverosímil, de café negro como noche sin luna. Tacto, vista, gusto, sentidos cotidianos, alterados bajo la luz incandescente del Hollywood clásico.
Y es una pregunta para nada cínica. David Lynch llora al hablar de Frank Capra, de cómo hace películas después de la guerra con un optimismo que levanta la moral de una nación entera. Como observa Kael, las homilías de Lynch están llenas de humor, aun así no hay burla de la ilusión, sino que lo ilusorio se entiende como una verdad.
En Mulholland Drive, una mujer con amnesia mira al espejo y el reflejo le devuelve, a la altura de su rostro, un póster de Rita Hayworth en Gilda. En medio de la confusión, una imagen conocida. Pareciera que la fantasía no es subsidiaria de lo real, sino que nos hacemos a semejanza de ella. ¿Qué vemos cuando nos encontramos en una imagen? ¿Seremos capaces de sostenerle la mirada?
Se explora, así, la vertiginosidad de los límites: qué se nos ha sido permitido soñar. Y se insiste en recomponer imágenes y deseos, imágenes y deseos, imágenes y deseos hasta que esa misma materialidad que todos reconocemos produce una narrativa otra, desconocida, difícil de categorizar.
Leo que Malén Denis dice que Lynch es un glitch de oro y pienso que lo es. Con star system propio, como una rareza, abre una autoconciencia de una industria que ha crecido a fuerza de promesas imposibles a las que se asiste con devoción total. Y no sólo en las películas que tematizan hacer una carrera en Los ángeles. Si no en todas aquellas en las que juega –insisto, nunca con cinismo – con nuestras expectativas, lo que él llama “la intuición” del espectador. De esta manera, ha sido capaz de enriquecer no sólo nuestra experiencia de lo cinematográfico, sino que nos ha dado herramientas para agenciar nuestra mirada, nuestros sentidos, nuestra afección ¿Qué más surrealista y popular que eso (que torcer los regímenes de lo sensible y de lo imaginario, que reorganizar los cuerpos que han sido preconfigurados)?
Un gesto potenciado por el contacto con el terror, género de fantasía popular (Gubern, 1979) por antonomasia. Allí, en ese pop misterioso, se encuentra Twin peaks, una serie (y película) que ha generado una enorme comunidad de fanáticos alrededor de un evento televisivo, que nuevamente toma convenciones de producciones que ya conocemos, pero invirtiendo toda lógica, mostrando la sombra de todo valor tradicional. ¿Quién no murió de miedo con la prom queen endemoniada, sus gritos agudos, los juegos de luces, los pliegues, los caminos sin salida?
Pienso con ternura dos gestos más.
Por un lado, el Weather report que Lynch hacía en la pandemia. Coherente con la Log Lady, que introducía con un ominoso “Algún día la tristeza va a terminar”, coherente con “reparen su corazón o mueran”, coherente con la sensibilidad y el optimismo que produce Capra. Una intervención llena de humor que también reunía a fanáticos, en un momento muy difícil, y que era una manera de estar cerca. Siempre, como sucede con determinados autores, ha hecho sentir una cercanía.
Por otro lado, me parece que a más de uno, incluso a quienes no gustan de su obra, ha salvado el libro Atrapa el pez dorado. En este, comparte generosamente su proceso creativo. Lo que dice allí sobre las ideas me parece que es el mejor consejo del mundo, hecho por un hombre que ha trabajado en una industria feroz y que ha trabajado siempre con una pasión genuina. Explica cómo las ideas pueden llegar a partir de cómo se configura una relación abierta de los sentidos con el mundo y la importancia de conversar esas sensaciones, no dejarlas ir aunque al principio se presenten incompletas. Siento que esta concepción del hacer artístico está presente en todas sus películas y se observa en los efectos de sus imágenes, de sus sonidos, de las inolvidables texturas. Y que el vínculo que plantea con el espectador es compatible con esa incompletud que toma forma (o varias) a la par.
En la conclusión del libro, el surrealista popular escribe: “Me entusiasma estimular la unidad. Y creo que la estimulación de la unidad trae consigo una vida mejor”. Gracias, David Lynch, por dedicarte, como un verdadero salvaje de corazón, a una apertura. Besos, fuego y rosas azules en tu homenaje.
| Altarcito en el Bob's Big Boy del que Lynch era habitué |
Enlaces, textos, órbita de pensamiento
Atrapa el pez dorado de David Lynch https://radiolacalle.com/wp-content/uploads/2020/09/Atrapa_el_pez_dorado_David_Lynch.pdf
Ejercicios críticos, ojos bien cerrados de Agustina Buchbinder https://revistaencuadra.com.ar/2021/03/18/ejercicios-criticos-ojos-cerrados/
Reseña de Pauline Kael de Blue velvet https://scrapsfromtheloft.com/movies/blue-velvet-review-pauline-kael/
Las raíces del miedo. Antropología del cine de terror de Román Gubern y Joan Prat Carós. https://drive.google.com/file/d/1iEwDMglrXPL463_mBZBq78u6z3ix9fNO/view?usp=drive_link
Pesadilla Americana, el cine de David Lynch de Pablo Suárez
https://editorialcuartomenguante.com/lynch.html

No hay comentarios.:
Publicar un comentario