jueves, 11 de abril de 2024

Dulce et tremendum

[Crítica para cinefreaks]

    En algún rincón grisáceo y sin ventanas de Corea, una mujer revuelve una olla y envenena la comida para que su marido muera pronto y sufra lo menos posible las torturas de la dictadura de Kim Jong-Il, que ya se había llevado la vida de sus hijas. Abandona, luego, ese refugio tétrico dispuesta a morir en su patria, sin huir. Un montaje hace una transición lenta entre su imagen subiendo unas escaleras y la espalda de Mateo, quien habla en español y viste una ropa rosa chicle como acolchonada, mientras sostiene una mochila frente a la puerta: tras haberse fugado de la casa de su madre obsesiva, Libertad, busca volver, como quien retorna a su país natal para morir.

   Se estrena la nueva película de Eduardo Casanova, La piedad (2022). Al ser una coproducción hispano-argentina integrada por realizadores atravesados por el terror como Álex de la Iglesia, Carolina Bang, Florencia Franco y Jimena Monteoliva, y después de películas como Eat my shit (2015) y Pieles (2017), el grotesco asociado al cuerpo entra en el margen de lo esperado.

De perlas verrugosas

    Al ingresar a la sala donde se exhibe Cuerpos mutantes, en el Museo de Arte Moderno, lo primero que se ve —y por su tamaño, lo primero con lo que se choca— es una escultura, una monstruosidad animal. Esta última frase debería plantearse como una pregunta: a primera vista no hay algo que asegure que esta corporalidad verde de espuma poliuretánica, chiclosa, con un inesperado tul rosado, exista en esta realidad en la que persisten categorías como la de especie. Probablemente la altura de Cisne Hiel 27 (Mauro Guzmán, 2021), sus cuatro patas, los cuernos de venado lleven a asociarlo con la animalidad, pero ¿qué es esta tendencia a definir lo que vemos? ¿Qué ocurre con nuestra mirada, con nuestra experiencia del cuerpo, en el roce con lo extraño? 🔗Texto completo escrito con Danila Nieto para Revista Encuadra.

domingo, 7 de abril de 2024

 


Espejo

Soy plateado y exacto. No tengo
preconceptos.
Cualquier cosa que veo la trago
así como es, sin desorientarme por amor o por disgusto.
No soy cruel, sólo sincero.
El ojo de un pequeño dios,
con cuatro esquinas.
La mayoría del tiempo medito en la pared de enfrente.
Es rosa, con manchas. La estuve
mirando por tanto tiempo que
pienso que es una parte de mi corazón. Pero vacila.
Caras y oscuridad nos separan
una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina
sobre mí,
buscando en mis corrientes aquello que verdaderamente es.
Luego se voltea hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda, y la reflejo
fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y la agitación de sus manos.
Soy importante para ella. Viene
y va.
Cada mañana es su cara la que
reemplaza la oscuridad.
Dentro mío ahogó a una chica
joven, y dentro mío una mujer vieja
asciende hacia ella día tras día, como
un pez terrible.

Sylvia Plath (traducción mía)