Besos, fuego y rosas azules para un surrealista popular
En un texto sobre Blue Velvet para el New Yorker, Pauline Kael escribió que David Lynch podría ser “el primer surrealista popular”. Esta crítica de cine es conocida por aportar un estilo de escritura, por así decirlo, más personal; por sus reseñas lapidantes de películas que amamos; en el medio de todo, por adjetivar tajantemente. Surrealista popular parece un sintagma paradójico, por el carácter disidente de las vanguardias, por la institucionalización de las mismas y su aparente inaccesibilidad a lo masivo. Pero cuadra nombrar a Lynch desde lo doble, lo ambiguo. Lo inconexo encontrándose.
Kael determina que la película es una comedia y compara al director con Frank Capra. Teniendo en cuenta que se trata de quien hizo It’s a wonderful life (1947, traducida como ¡Qué bello es vivir!), a primera vista puede sorprender, pero en realidad tiene mucho sentido. A través de historias que abarcan determinados valores; al apelar a (o construir) una sensibilidad ante conflictos que afectan a la sociedad en su conjunto y resoluciones que implican, de manera idílica, un gran esfuerzo (mayormente individual), Capra instala un imaginario del mito estadounidense. Entonces, si este le da cuerpo al sueño americano, la filmografía de Lynch deforma desde la pesadilla. Pero justamente utilizando los mecanismos de esa misma forma. Se sirve de esa lógica de ensoñación y fantasía para producir una atmósfera de la que estar despertándose, lejos del alivio, se siente como rozar un infierno.