Adiós, Candyman —Un tributo pequeñito al ícono del cine de terror Tony Todd
I love gay Halloween — Un acercamiento a, un roce con las versiones campy de monstruos (y hombres) clásicos de Paul Morrissey.
La Drácula de Warhol comienza con un primer plano de un rostro demasiado blanco: sabemos después de unas notas de piano que el Conde se está maquillando. Se pasa una especie de polvo por sus cejas delicadamente y, luego, un poco por sus pómulos. Sólo mueve sus dedos y sus ojos verdosos hasta que, de repente, abre la boca y deja ver unos colmillos enormes… simplemente para pintarse los labios. El plano se abre un poco más y vemos que ¡se tiñe! Como si nos respondieran una duda milenaria, el Conde Dracula tiñe su cabello del blanco que debe dar la vida eterna para tener un tono negro azabache que de tan brilloso parece capaz de reflejar a un vampiro.
Como una niña devorada a medias
“Nos guste o no, el único paisaje que interesa (...) es el lenguaje”
El arte del error (2016)
“Ignoraba también que huir de vos sería, como en el caso de Rimbaud, amorosa estratagema, forma rebuscada de volver, eterna rotación en torno al sitio en el que estás y estarás siempre, desquerimiento mucho, antes del lenguaje”
“Por supuesto, no hice más que girar en torno a un único paisaje”
El corazón del daño (2021)
María Negroni
En El arte del error, María Negroni reúne figuras del pensamiento, de las artes y la literatura como haciendo (nuevamente) un museo de rarezas. Benjamin, Rimbaud, Xul Solar, Edward Gorey y otros, otras, unidos y unidas por la admiración de la autora y, sobre todo, por una tendencia a fallar. Esto es: a diferenciarse, a no cumplir con determinadas expectativas, a salirse de la norma; a hacer fallar al lenguaje, a formar estéticas propias siempre en base a un secreto claro: la posibilidad del lenguaje de rozar lo imposible.
“El arte empieza allí donde la trama, como diría el crítico argentino Miguel Dalmaroni, cede el puesto al trauma, «concentrándose, a un tiempo, en lo que es sin nombre y lo que se le escapa». O bien, lo que es igual: allí donde el lenguaje se vuelve falta de lenguaje y hace de esa falta una riqueza porque ¿dónde se podría buscar mejor un infinito que en la localización del vacío?”
“No hay más misterio que este. Intensificada, la representación sirve para ir más allá de la representación”
Bienvenidos a la fantasía exacta de la literatura escribe en otro libro: El corazón del daño.
El arte del error nos muestra que errar puede ser más que un accidente, una estrategia. Estética y política, por supuesto. El arte del error es un libro de ensayos, pero ¿qué es El corazón del daño? En principio, su título sugiere una genealogía personal; un afecto fantasmático que emerge de la herida; un núcleo más profundo: la poesía, el lenguaje; un souvenir sangriento. Es todo eso y también es una novela. Se narra una niña que crece, una madre que se enferma, un lenguaje que se desarrolla, una desorientación, una conversación, una pregunta que no puede hacerse, un silencio en construcción o una pequeña música nómade. Todo en simultáneo, pero también una cosa que sucede a pesar de la otra.
Continuación, repetición, interrupción. Silencio. El ritmo del lenguaje, el ritmo de la vida. La poesía toma el pulso. ¿Será por eso que la escritura denominada autobiográfica a menudo toma un cuerpo fragmentario? Estoy pensando en El amante de Duras, en esos coágulos de intensidad que son sus párrafos, que parecen estar escritos a pesar de la desesperación. No: con la desesperación. Leo El corazón del daño con el tono de la voz después de un llanto inconsolable, con la voz atravesada por la respiración agitada.
Y es que la novela, nombrémosla así, podría estar en aquel museo raro que había leído antes de adentrarme en ella. María Negroni habla de la madre, le habla a su madre y desprende de esa figura tan literaria y tan de literatos (como ella misma señala y cita) los significados que le orbitan.
“Es lo que busqué, Madre.
Darte, como en el Apocalipsis, un libro a comer.
Un pequeño libro de mi puño y cuerpo”
No sólo inaugura el texto un deseo de alimentar a la madre, una inversión de la lógica típica del cuidado, sino que se enuncia una escritura que no esté escindida de la vida, unas letras que no pueden separarse del cuerpo. De esta manera, Negroni hace una novela imposible, una novela que avanza en su escritura a pesar de, con una madre que falla en su función simbólica. Me refiero a la idea del psicoanálisis (que me llega por lo teorizado por Kristeva) de que el desarrollo de una lengua materna implica una exclusión, una sistematización, una separación del sujeto del resto de las cosas, de los objetos, del mundo. Para poder nombrar algo, hay que separarlo de lo que no es. La autora nombra a la madre, expone sus enunciados, enunciados que son ecos que hieren al cuerpo, para hacer aparecer, para intentar darle palabra a la incomprensión, a la no identidad.
“Mi cantidad de insolencia. Tus árboles dañinos.
Parezco puesta ahí por el lenguaje.
Una suma de enconos, prosas con mala intención, en busca de un bestiario anímico, es de no acabar.
A esa deriva lo apuesto todo.
Comienza la infancia de la obra”
Madre no significa, madre confunde. Confunde el yo con el resto de las cosas. Cuando hay cosas que no se explican, cuando las palabras no son cuidadosas, cuando no sirve portarse bien pero tampoco portarse mal. Cuando es ilegible y la hija debe aliarse con el misterio. Cuando lo inaccesible es un modo de acceder al mundo. Entonces, el misterio se vuelve objeto de estudio y epistemología. La incompletud del lenguaje ya no es un accidente en el proceso de querer definir el mundo, la incompletud del lenguaje es la definición del mundo. Y de sí misma. Un aprendizaje errado. Por eso, el daño es también la escritura. Una escritura que se abre a partir de fundirse quien escribe con el todo, con la vida, con el cuerpo.
“Las palabras trifulca, energúmena, lumbrera, fula, atorranta, poligrillo, bataclana.
Las expresiones Guay que se te ocurra, Ahuecá.
Todo es traducible, menos el lenguaje”.
La imposibilidad del lenguaje de cumplir con comunicar fielmente la experiencia; de sostener la comunicación plena como una perpetua utopía es frustrante, angustiante, pero también liberadora. Por eso, la voz de esa narración encuentra en el mismo punto del dolor, en el mismo daño que produce el lenguaje, un lugar para existir. “Si encuentro música, si sufro rítmicamente, sino me doy por vencida, tal vez logre desesperarme del todo y transformar el espanto en una máquina de resistir”. La literatura es el silencio que la niña devorada a medias encuentra en el ruido constante. Y a la vez, la literatura está hecha de palabras, de sonidos. Pero ese es el punto. Lo no enunciable, la confusión. Se vive y se reproduce en la escritura. Lo mismo ocurre con la desorientación. No se abandona, no se la cura. Se la lleva a otro punto de intensidad, un punto en el que se pueda volver estrategia. Esto sucede, en el texto, cuando se relata el viaje a otra patria, otra cultura, otra lengua, se arma una desorientación, por vez primera, bajo las propias coordenadas.
Hay cosas que sólo puede la literatura. Ponerse cerca de la madre, de los autores, de sí misma. Ponerse cerca del lenguaje. Hablar con los muertos. Muertos de muerte material y de muerte simbólica. Se hace así una reparación de la herida con la materia misma de la herida. Siempre bajo un modo de leer y de escribir propios. En una desorientación que ya no es de la madre, es propia. Un respirar. Una escritura que también desorienta, que tiene la generosidad de hacerlo, de no devolverle al lenguaje la cosificación, sino su vida.
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| Fragmento de No hay milagro más cruel que este. Sylvia Plath: amar, maternar, escribir (2022) de María Magdalena. Editora Las Furias |
¿Cómo puede el malestar motivar la expresión cuando no inmovilizarla? Peor, ¿cómo pueden convivir el malestar y el amor profundo? ¿Cómo se aprende a estar alegre y triste juntamente? Una investigación de lo afectivo que parece sólo poder encarar lo poético; una exploración del hacer poético que sabe guiar el corazón.
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| Encontrado y leído en la Biblioteca Inabarcable Javier Galarza, libros pertenecientes al poeta Galarza resguardados en la Biblioteca Popular José Ingenieros (Zárate) |
anti poética
no hay poema mejor que alimentar a alguien
no hay poema más prudente que la amabilidad
no hay poema más importante que ser buenx con lxs niñxs
no hay poema por fuera de la potencial crueldad violenta del amor
no hay poema que acabe con el dolor, que no colabore incluso en alumbrarlo
no hay poema que no esté celoso de la canción o de los murales o de las alas
no hay poema que esté libre de las ruinas del dinero
no hay poema en el capital ni en la corte
la mayoría de las políticas reformulan un guión diabólico
no hay poema en la ley
no hay poema en el oeste
no hay poema en el norte
los poemas sólo habitan el sur de algo
profundo y oscurecido y caliente
no hay poema en el invierno ni en la blanquitud
tampoco hay poema en el nombre del terrateniente
no hay poema para demandar al estado
no hay poema con llave para las cerraduras
no hay poema para liberarte
Danez Smith (traducción mía)
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| Escena de The Elephant man (1980) de David Lynch |
Al ingresar a la sala donde se exhibe Cuerpos mutantes, en el Museo de Arte Moderno, lo primero que se ve —y por su tamaño, lo primero con lo que se choca— es una escultura, una monstruosidad animal. Esta última frase debería plantearse como una pregunta: a primera vista no hay algo que asegure que esta corporalidad verde de espuma poliuretánica, chiclosa, con un inesperado tul rosado, exista en esta realidad en la que persisten categorías como la de especie. Probablemente la altura de Cisne Hiel 27 (Mauro Guzmán, 2021), sus cuatro patas, los cuernos de venado lleven a asociarlo con la animalidad, pero ¿qué es esta tendencia a definir lo que vemos? ¿Qué ocurre con nuestra mirada, con nuestra experiencia del cuerpo, en el roce con lo extraño? 🔗Texto completo escrito con Danila Nieto para Revista Encuadra.