jueves, 14 de noviembre de 2024

 


Adiós, Candyman  —Un tributo pequeñito al ícono del cine de terror Tony Todd 


    En las II Jornadas del género terror, en la mesa de cierre con directores de cine, surgió la pregunta "¿con qué actor/actriz soñado/a les gustaría trabajar?". Daniel de La Vega, que había filmado con (mi favorita) Faye Dunaway en Jennifer's Shadow (2004), respondió que el actor soñado finalmente no es quien tenga una trayectoria en especial, sino aquel que se compromete con corazón a la fantasía, a los códigos, no sólo del género, sino de la historia y, obvio, del personaje, de ese universo. Así pienso a distintos/as actores/actrices emblemas. Aquellos que dedican su carrera, o gran parte de ella, al terror. Así pienso a Tony Todd, como un emblema, una imagen pesadillesca que se repite (sin por eso ser siempre la misma) y que permanece como un ícono a través del tiempo.

Decí mi nombre
                                                
    Say my name, say my name / If no one is around you Destiny's Child
Di mi nombre / Pon tu cuerpo contra el mío / Y que lo malo sea bueno e impuro lo bendecí'o Rosalía

    Candyman (1992) tiene una de las mejores escenas-prólogo del cine de terror estadounidense. Puedo exagerar, pero es que concentra un montón de cosas, como todo buen inicio. Una joven niñera rubia —ese para entonces ya clásico tropo del slasher —  recibe en la casa donde trabaja a su novio, un chico con campera de cuero a lo Fonz de Días felices. Toman cerveza, ella queda en corpiño y suben. En el baño, ella le cuenta sobre una leyenda popular: un asesino que, si lo nombrás cinco veces, se te aparece. Se dan vuelta y quedan frente al espejo, elemento importante del mito: te mirás mientras decís su nombre una y otra vez. Él empieza a nombrarlo mientras la acaricia y besa, pero sólo lo hace cuatro veces. Hay un juego con el peligro, un riesgo excitante. Después, él baja, porque ella tiene "una sorpresa". Queda sola frente a su reflejo y dice "sin saber por qué", como quien invita a un vampiro para que entre por la ventana, Candyman. La luz se apaga y vemos, por un segundo, en el vidrio una presencia extraña detrás suyo. Su grito une un plano del living, donde está su novio, con una imagen del techo, que chorrea sangre.

    Sé mi víctima. Esta primera escena trae un aspecto intrínseco del mito que tiene que ver con asignarle un carácter peligroso a ciertas palabras. Un miedo al lenguaje y, en conjunto, el miedo de que lo que deseo se vuelva realidad. Erotismo y horror, placer y dolor, repulsión y atracción. Por todo esto es que Candyman es una película que logra combinar varios registros de distintos subgéneros. Tenemos slasher, eco-horror, thriller o neo-noir, (candy)gótico2 vampirismo... ¿y un relato de fantasmas? También. 

  Esta película se basa en el cuento de Clive Barker Lo prohibido, que se halla en Libros de sangre Vol. III. Unas académicas (Kasi Lemmons y Virginia Madsen) investigan la leyenda popular sobre un asesino que retorna después de siglos tras haber sido torturado por gente blanca usando miel y atrayendo abejas para que carcomieran su carne viva. Una de ellas, Helen Lyle, es particularmente poseída por el problema. No sólo va perdiendo la razón, sino que va perdiéndose ella misma ante esa presencia, formándose en la historia una ambigüedad respecto a quién es realmente el asesino... ¿o la asesina? Como va haciéndose recurrente en el terror de los 90s, víctima y victimario, buenos y malos, van volviéndose categorías cada vez menos cerradas o más difíciles de definir.

    Aquella presencia extraña es, por supuesto, como dijo recientemente Bernard Rose3, el único Candyman, Tony Todd. Para el momento, este actor ya había hecho otra adaptación, en este caso de una novela pulp, Voodoo Dawn (1990) y había participado de la remake de Tom Savini de The night of the living dead (1990). En la Fangoria1 que salió al estrenarse la película, Tony Todd dijo "A veces simplemente conocés al director y sabés que vas a trabajar con él. Al medir casi dos metros, era físicamente adecuado para ser Candyman, y además ayudó el hecho de que soy un gran fan de la ciencia ficción". Él le puso el corazón al proyecto... el cuerpo entero. Las abejas que aparecen en la película son reales. Tony Todd se bancó 200.000 de ellas. Virginia Madsen contó que, en la escena en la que estas parecen salir de su boca, se lo oía atragantarse con estos bichos, lo que daba mucha impresión.  

Un zumbido que nace en las entrañas 

    Y la película empieza realmente con él, no con su brillante prólogo. Antes del desarrollo del mito, tenemos una primera impresión del monstruo: se nos muestra un montón de abejas que zumban, se hace un acercamiento a ellas y podemos escuchar la voz grave, pero también suave, de Tony Todd en off: "Dicen que derramé sangre inocente... pero, ¿para qué está la sangre si no es para ser derramada?". Nuevamente, erotismo y horror; una entrega del cuerpo para el terror. Previo a esta imagen, se muestra una ciudad en movimiento desde un plano cenital... ¿quién observa? Bernard Rose captura cierto elemento místico ya presente en la obra de Clive Barker siempre a través del recurso de la voz de Tony Todd, que funciona como un eco diabólico, secreto y amenazante, peligrosamente dulce.



       En la misma Fangoria, el actor también dijo: "No aparezco físicamente hasta la mitad de la película, y entonces mi papel se vuelve más intenso". Aquí, con mucha conciencia de la construcción de su personaje, se refiere a la idea de mostrar gradual o parcialmente al monstruo (recordarán el dilema a partir de Tiburón de Spielberg, que también se vale por su trabajo con el sonido) para conseguir espantar. Sin embargo, podemos afirmar que Candyman aparece físicamente desde el principio, en tanto que su voz va imponiendo una presencia, justamente, la de un personaje que impacta en la manera que tiene de ocupar el espacio, de ocupar la imagen, la pantalla y nuestra experiencia de la película. Sé mi víctima, susurra un eco y Helen se deja hipnotizar. ¿Nosotros también? Un coro sutil que está de fondo ayuda. Ese imponerse de la voz y del lenguaje, a través de la repetición y el imperativo, también tiene su relación con el erotismo y el horror, con Lo prohibido, con algo más fuerte, más profundamente contradictorio, que la amenaza que acecha: desear, en el fondo, en el momento a solas, encontrarnos con ella y que nos arrebate.

    En el libro El sonido, Michel Chion escribe a propósito del sonido fugaz :"tiene un aspecto de alucinación, puesto que no deja huellas, y a partir de entonces puede resonar en la eternidad de un pretérito de la escucha". Así sucede con este personaje gracias a los dotes actorales de Tony Todd y cómo construye una voz también adecuada para el papel. Candyman aparece más en la repetición, en esos ecos, que efectivamente a través de su imagen. Aparece más como una huella psíquica, una pesadilla, un trauma. Incluso, una fantasía. Y ese no dejar huellas es el sustento de que dudemos de Helen, de que ella llegue a dudar de sí misma, de los límites de su cuerpo y su mente, y de su condición de víctima. 


    De esta manera, podemos reconocer a Candyman, reconocer su universo y las consecuencias de invocarlo con sólo nombrarlo, sin verlo realmente. Con el material de estas sombras se produce un vampiro de ciudad. La contraluz no nos deja verle el rostro, pero tampoco lleva máscara. Sí un pesado abrigo que remite a aquellos sobretodos de las versiones de Drácula, sólo que al abrirse nos deja ver que el vampirizado es él, que las huellas de la crueldad están sobre sus entrañas abiertas, que albergan zumbidos macabros.

    Se suele decir que, en el terror, las personas negras son las primeras en morir. En lo que a mí respecta, esto no sucede así. Cuando eso se discute nunca se deja en claro qué películas... qué personajes, podríamos repreguntar. Sería más correcto decir que hay poca presencia de personas negras en general en estas películas. Como en la mayoría de la industria cinematográfica y no exclusivamente del terror. Ahora, pienso que la presencia imponente de Tony Todd en Candyman se ha vuelto un ícono frente a esa ausencia tan notoria y, por ello, tan celebrado por sus fans. Esto se ha visto en el revival que hizo Nia Da Costa (Candyman, 2021), donde el amor por el monstruo ha tomado una forma diferente, es un amor a este ícono que hace ruido frente a un silencio predominante,  sin por ello, perder también la contradicción, el temor. Y monstruo aquí refiere tanto a la criatura como a quien le ha puesto el cuerpo a esa imaginación. 


Marquesina del cine Aero en Santa Mónica, California, donde programa la organización American Cinemateque.

1 Fangoria es una revista especializada en terror y películas de culto que, en Estados Unidos, se publica desde 1979. La edición consultada aquí es la #117

2 Referencio a Candygothic, un capítulo del libro Gothic (2001) de Fred Botting, que habla, entre otras cosas, sobre la película de Bernard Rose y el cuento de Clive Barker. 


El director tuiteó a propósito del fallecimiento de Tony Todd: "Podrá haber más de 1000 zombies, 100 Dráculas, una docena de monstruos de Frankenstein, 10 Jason Vorhees, 9 Michael Myers, 7 Leatherfaces, 2 Freddy Kruegers pero UN Candyman... Tony Todd (1953-2024) es inmortal"



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