[Actualización de un texto originalmente publicado en Trafkintu en 2020]
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| Escena de The Elephant man (1980) de David Lynch |
No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.
Entre los fantasmas de la nostalgia que levanta el aislamiento, pienso en la lectura en el transporte público. Una actividad que recuerdo, en parte, enmarcada en viajes nocturnos en el Directo Once-Zárate. Relatos en el celular, con la ruta iluminada y música ochentosa curada por los choferes. En una noche del 2016, descubro a Mariana Komiseroff y a su Dora no está en venta a través de una publicación sobre el proyecto Audiocuento, una plataforma con el contenido que su nombre indica, también con ficciones por escrito y con distintas ilustraciones. Hacer clic y escuchar significaría para mí, luego, un suceso, un antes y un después. Hay en ese texto imágenes que había encontrado en las películas que me gustaban, pero que, hasta el momento, no había leído. O no había leído así. Leerlo implicó identificar eso que quería seguir encontrándome en la literatura: el monstruo. La afectación fue tal que en el verano decidí que el tema del taller de escritura que venía dando todos los años sería el de la monstruosidad, obviamente con Dorita en el material. Ese verano nos visitó Susy Shock, a propósito de su Monstruo mío, y nos maravilló. La escritura habilita experiencias fantásticas.
