Vení, Vlad
En el marco del ciclo "Miradas oscuras", Lumiton proyectó en el Cine York Vivir mata (1991) de Bebe Kamin, con la presencia de su director.
La película narra la transición (o el eterno retorno) de una época a otra. Hace un díptico que muestra un recorte de finales de siglo XIX y luego nos transporta a la década de 1990. Este movimiento se desarrolla a partir de la vampirización de un hombre argentino (Blas, interpretado por Mauricio Dayub) que viaja a Europa para negociar en el contexto de pactos internacionales que generan deuda pública; y que debe huir enterrándose en un cementerio a causa de haber generado numerosas víctimas. Parafraseando, Vivir mata comienza con una pregunta así: ¿qué pasaría si nuestros antepasados volvieran de la muerte y vieran nuestro país hoy? Y así, como nos contó Kamin a los espectadores presentes, los diez minutos iniciales marcan el tono, permiten leer la discusión de escenas siguientes como una referencia a los tratados de comercio con Reino Unido y, más tarde, el aura menemista de las calles porteñas. Si tradicionalmente el terror trabaja el trauma, lo que vuelve, en Vivir mata este tropo se explicita desde el inicio de forma crítica hacia las políticas que continúan llevándose a cabo a pesar de haber perjudicado al país. Por eso, la riqueza de la película reside en una mirada reflexiva respecto a la tradición del género fantástico, a las "fantasmagorías" de este tipo de cine, y la construcción de una temporalidad continua para la puesta en escena de elementos que son parte de una identidad nacional.
Muchas veces se vincula con lo bizarro (Blas toma cocaína con sus colmillos), tiene un humor irónico y está cargada de excesos (¡incluye una performance de Urdapilleta!). No obstante, predomina un misterio y una búsqueda de belleza en lo funesto, verbalizada en los mismos personajes. Esto se ve en la composición de ciertos planos, el trabajo con las luces y las sombras, la dirección de los actores, el rol del sonido y la música. Y en la decisión de abordar el mito del vampirismo desde un acercamiento a la historia de Drácula (¡un poco antes que Francis Ford!). Brilla también por el casting, además de los ya mencionados, están Soledad Villamil (cuyo personaje se ve atraída por el Nosferatu, como su hermana, que en el mismo estado, semidesnuda grita "Vení, Blas". En la función me pareció escuchar "Vení, Vlad") y Cecilia Roth (que recuerda a su interpretación en la genialísima Arrebato).
Pero lo que termina de volarme la cabeza es que con frecuencia -en un modo depalmiano - se hace coincidir el punto de vista de la cámara con una perspectiva vampírica. Antes de ser vampirizado, Blas tiene puesta una máscara (símbolo de época definitivo) y, luego de dar un discurso en el que le hace saber a los europeos que Argentina es una nación independiente, vemos por unos segundos desde los agujeros de esta. Después, hay una escena de posesión en la que la víctima mira a cámara mientras le habla al monstruo. Hacia el final, se hace un precioso acercamiento lento sobre Blas deteniéndose en su cuello marcado por colmillos. Esto que parece un detalle aglutina la posibilidad de captar lo victoriano (momento histórico en donde la perspectiva tiene un peso importante, sobre todo en la literatura fantástica), y a la vez la intención de estimular el pensamiento crítico, ya que es un aspecto técnico que apela a una inclusión del espectador más activa.
Sobre la copia: mucho mejor que la que circula de manera pirata (VHS ripeado). Aunque Bebe Kamin dijo que se pierde mucho el color, tiene buena definición y sonido. Sería hermoso que alguien hiciera una remasterización. Conviene estar atentos a las proyecciones que la productora organiza para acceder a la misma.
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